De la noche a la mañana, se dedicó a juntar quimeras unas con otras y al amanecer, sus ojos le mostraron sólo lo que quería ver. Desde entonces, sueña que vive como sueña. Desprotegido y desamparado, el niño abandono el cuerpo de su madre, ella siguió su vida como le comenzaba a permitir la sociedad moderna y el tiempo invitó a pasar unos años para que conduzcan al olvido aquel cruel episodio. La suerte de un nuevo hombre fue repartida por la misericordia ajena. Un convento de monjes ganó su destino durante aquellos años. Se desarrolló en la soledad inspirada por la oración y el crecimiento espiritual.
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